
El género epistolar es el único en el cual el escritor va a legar su obra a la posteridad sin saberlo. No está bien leer la correspondencia ajena; aunque, bueno, colosos como Yukio Mishima y Yasunari Kawabata debieron contar con que sus cartas serían algún día compiladas en un mismo volumen ("Correspondencia 1945-1970", Emecé). Fueron maestro y alumno, candidatos al Nobel –Kawabata sí lo logró- y fueron, en 1970 y 1972, suicidas. Obsérvese las fechas de la correspondencia: arrancan en 1945 –el imperio japonés se desangra por Hiroshima y Nagasaki- y terminan en el mismo año de la muerte –el harakiri más famoso de la Historia de la Literatura- de Mishima. Así se despide éste: “Cada gota de tiempo que se escurre me parece tan preciosa como un trago de buen vino, y ya he perdido casi todo interés por la dimensión espacial de las cosas. Este verano iré de nuevo a Shimoda con toda mi familia. Espero que sea un bello verano. Le ruego se cuide mucho. Con mis respetuosos saludos”. Las cartas se pueden clasificar como interesantes (los dubitativos comienzos de un joven Mishima que pide consejos desesperado) y anecdóticas (los escritores, ya consagrados, se desviven en mutuas dádivas y elogios). Defiendo la teoría imposible de que alguien encontrará algún día otras cartas, esenciales, en las que el viejo y el joven sopesan temas como la derrota imperial, la ocupación americana y su visión desgarrada de un mundo tan bello u horrendo que en él ya no merece la pena vivir.