
Diez minutos para retratar a la estrella: la situación es típica, y especialmente irritante para el fotógrafo musical. Pero aún hay peores noticias: hay que resolver el asunto en la habitación de hotel. En el pasillo, como mucho. “Vamos fatal de tiempo”, rezonga el manager. “De aquí nos vamos a la radio, y de ahí pitando al aeropuerto...”, intenta explicar la chica -casi siempre es una chica- que se ocupa de las relaciones entre discográfica y prensa. De poco le vale al pobre fotógrafo, cargado de trípodes y paraguas, protestar o poner cara de desamparo. “Apáñate, amigo”, le están diciendo, “esto es lo que hay”.
A Anton Corbijn ya nadie le da estos disgustos: este holandés de 46 años y casi dos metros es, a menudo, tan famoso como las celebridades que solicitan su objetivo. Desde las alturas, claro, tienta la postura paternalista: “Diez minutos son difíciles, pero aprendes una disciplina muy valiosa. Aunque yo no lo elegiría, tiene sus beneficios. Puedes hacer una buena foto en cualquier parte y con cualquier luz. Suéltame donde sea y haré una foto. Y rápido”.