Marga Gil Roësset, cien años de misterio

marga gil roësset

Se cumple un siglo del nacimiento de la artista de culto madrileña, de brillo fugaz y reminiscente de talentos turbulentos como Claudel o Bronte. Marga Gil Roësset habría cumplido 100 años el pasado 3 de marzo. Pero ella misma no quiso llegar al cuarto de siglo. Se suicidó en su chalet familiar en Las Rozas, Madrid, cuando aún contaba 24 años. En el último día de su vida (fue el 28 de julio de 1932), la artista rasgó todas sus ilustraciones y destrozó a martillazos todas sus tallas. Actuó con premeditación: previamente había tenido la iniciativa de ir a buscar todo el material que había repartido en editoriales, galerías y academias, incluso había reclamado lo que estaba fuera de España.

Su penúltima acción fue escribir una carta pidiendo perdón a sus padres –él, militar; ella, miembro de una familia francogallega de alta alcurnia- y a Dios (estaba, chica de la época, fuertemente marcada por el temor cristiano). “Qué hermoso es el amanecer del último día”, garabateó con su letra de niña. Y se disparó en la cabeza. Del final fatal de Marga se sabe que está asociado al desamor de su maestro, amigo, admirador y mentor, el poeta Juan Ramón Jiménez, Nobel en 1952, a quien había conocido hacía tres meses. De la vida de esta misteriosa muchacha de talento lacerante se sabe más bien poco. No fue una niña incomprendida, no se sintió abandonada, no era solitaria: su familia la educó en el disfrute de las bellas artes, el aprendizaje de idiomas, el dominio del lenguaje musical, el viaje por múltiples ciudades europeas.

No llegó al círculo íntimo del poeta onubense por casualidad: en su casa se valoraba especialmente la amistad de los talentos de la época, y era costumbre ponerle un plato más en la mesa a Galdós, Benavente, Gómez de la Serna, Ravel, Maura, Marañón o Madrazo. Marga era bellísima; atractiva más bien, dotada de una belleza fresca y natural. Morena y de ojos verdes; “de verde alabastro”, según Juan Ramón. Muy alta: uno ochenta. Algo varonil. Siempre andaba con todo el cuerpo lleno de heridas por las esquirlas de piedra que le saltaban al tallar. “Le hablabas y no se enteraba que la hablabas”, dijo el escultor Juan de Ávalos. “Veía una piedra y veía lo que había dentro”. Era tremendamente instintiva. No hacía bocetos. No rectificaba.

Los detalles de su vida conocida están vagamente inventariados un puñado de fotos, algunas cartas, un diario –sobrecogedor cuaderno con las notas de sus últimos quince días, que tuvo guardado un tiempo Juan Ramón antes de pasárselo a su esposa Zenobia, gran confidente de Marga- y algún que otro documento. ¿Qué dejó, aparte de la leyenda? Ochenta ilustraciones (muchas más si se contabilizan las distintas versiones de algunas de estas) y diez esculturas originales (diecisiete contando prototipos repetidos). Las primeras son reveladoras de una imaginería netamente infantil, sintetizada con una prodigiosa profusión de personajes entre la fantasía y la realidad (algunos recuerdan al contemporáneo Moebius), a los que acompaña como una sombra una precocísima encarnación de la muerte. Aparte de ilustraciones sueltas aquí y allá –quién sabe si queda algo por ahí-, destacan los dos libros que ilustró para su querida hermana y casi alma gemela, Consuelo: son “El niño de oro” (de 1920; Marga tiene 12 años) y “Rose des bois” (de 1923; Marga tiene 15 años). El primero fue editado en España, el segundo en Francia; ambos son piezas de coleccionista.

Respecto a su obra escultórica, conocemos –alguna de ellas, sólo gracias a la fotografía- piezas como la sobrecogedora “La mujer del ahorcado”. En esta disciplina Marga se acogió a las enseñanzas de un profesor de Bellas Artes, el artista palentino Victorio Macho. Cuenta Ana Serrano, pariente lejana de Marga y principal experta en su obra –el comisariado de la exposición realizada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2000 es fruto de un trabajo de once años-, que Macho rehusó rápidamente a enseñar a la joven, al considerar que poco o nada podía él contribuir a su formación. Hay motivos para atribuirle a Gil Roësset el crédito de ser la primera escultora española en piedra. Pero quedan pocos argumentos materiales: piezas como su “Adán y Eva”, aclamada en la Exposición Nacional de 1930, fueron víctimas de su furor iconoclasta.

Entre sus trabajos tardíos están las ilustraciones de varios libros cancioneros de niños creados por su hermana Consuelo y con música de su cuñado, José María Franco (a la sazón, creador del lenguaje Braille para músicos). Sólo llegó a aparecer el primero de estos cuadernos, ya en 1933. Una de sus ilustraciones guarda, por cierto, un poderosísimo parecido con el personaje que, 17 años después, hará mundialmente famoso al escritor y aviador francés Antoine de Saint Exupéry. Nunca se sabrá -¿o tal vez sí?- si el galo, amante de los cuentos y asiduo visitante a España, recibió la inspiración del trabajo de Marga para la creación de El Principito.

Se sabe que Marga Gil Roësset dejó pendientes dos trabajos: una biografía de Santa Teresa y El Quijote. Del primero llegaron a aparecer algunas ilustraciones. De la obra cervantina, nada. La voluntad de Marga de borrar sus huellas triunfó incluso años después de su muerte: en el cementerio antiguo de Las Rozas, donde fue enterrada, cayó un obús durante la guerra civil. Sólo destruyó una tumba: la suya. Respecto al torreón del chalet en que murió, que compró el torero Manolete algún tiempo después. Hace algunos años fue comprado por una familia, que huyó despavorida poco después al averiguar la historia que encerraba. Algo más tarde fue adquirido por al ayuntamiento de Las Rozas. Sigue vacío.

publicado en Cultura(s), La Vanguardia, el 5 de marzo de 2008